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Sobre NADA QUE DECLARAR

“Lo que compran es poder”

por Alberto Magnet (Barcelona, España)

10 de Noviembre, 2015, en Piensa Chile

 

En el largo catálogo de artes y oficios que pueblan las páginas de la literatura, no podía faltar aquella profesión que convencionalmente ha sido tildada como la más antigua de la historia.  En rigor, es probable que el oficio más antiguo sea el de esclavo, pero también es verdad que la prostitución nace de la condición misma de la esclavitud. Las prostitutas en la literatura están presentes desde los tiempos clásicos (por ejemplo, en el Satiricón) y su figura recorre la historia libresca de occidente y oriente hasta nuestros días.  A lo largo de los siglos, las putas quedan confinadas a un espacio degradado que linda con el resquebrajamiento de las estructuras sociales, los dramas familiares y las incertidumbres históricas (La Isidora Rufete de La desheredada, de Pérez Galdós está ambientada en un clima de desmoronamiento final del Imperio), con aquella situación que Durkheim denomina anomia.   La prostituta es un puente hacia la degradación de terceros, aunque también puede serlo para su salvación, y está ahí como elemento transicional en las vidas de otros.  Su propia existencia no cuenta más que como influencia periférica en esas vidas ajenas, rara vez como personaje en sí, como un universo en sí.  Y cuando las prostitutas aparecen como personaje central, en la ficción moderna del cine (Pretty Woman es un conocido ejemplo) o en la literatura, la mayoría de las veces pierden los atributos negativos y parecen revestidas de virtudes supuestamente envidiables para el común de las mujeres, a saber, una singular belleza, independencia frente a los hombres, una franqueza y desparpajo que deja a éstos en su lugar, una “sana” y despreocupada alegría de vivir…

 

En la vida real del mundo moderno todo es distinto.  En la vida real la prostitución es un engranaje más del mercado de la globalización, de las máquinas mafiosas que mueven a cientos de miles de mujeres en todo el mundo, en un negocio de miles de millones estructurado como un mercado de materias primas, protegido por poderes corruptos, tolerado por una sociedad hipócrita y manipulado por leyes igual de hipócritas (la nueva normativa europea incluye el negocio de la prostitución y las drogas como una entrada más del PIB) va quedando poco lugar para ese glamour idealizado con que se ha caracterizado a las putas.

 

He aquí un interesante contraste frente a esa idealización.

 

“Hay las que disfrutan como chancho en rifa y no se hacen ninguna palta porque son unas arrechas de nacimiento […] o gozan a su modo, dicen, por la soberbia de saber que su cuerpo es fuente de plata fácil o porque se sienten poderosas porque los hombres las desean y pagan por poseerlas y hacer con ellas lo que se les antoje. Pero lo cierto es que suelen fingir que les gusta y de tanto estar fingiendo todos los días y en veinte ocasiones al día, se lo creen. Pero no vayas a pensar que son tantas las que se lo toman así, son más bien poquísimas. […] Para nosotras era una tortura permanente, el asco que nos daba, la de veces que vomitábamos apenas los tipos se iban, ahí mismo, en el lavatorio que tienen esos cuartos. Ni cuando nos tocaba azotar masoquistas con tremendos chicotes disfrutábamos […] Y si nos venía la regla, venga, a tomar el jugo de cinco limones al hilo para que nos la cortara, y a seguir igualito de esclavas.”

 

La cita proviene de Nada que declarar (El libro de Diana) (Ediciones Turpial, 2015), la última novela de Teresa Ruiz Rosas, escritora arequipeña afincada en Alemania desde hace casi tres décadas, hoy una de las voces más originales y de mayor relieve en la literatura peruana.  Quizá sea esa distancia con su país y su experiencia en Europa, como señala un crítico peruano, lo que le ha permitido a Ruiz Rosas cultivar su original perspectiva del mundo y, en este caso concreto, del fenómeno de la trata de blancas. Nada que declarar cuenta la historia de Diana Postigo, una muchacha de dieciocho años, originaria del Rimac, una paupérrima comunidad limeña, que tras ser engañada por una especie de “cazatalentos” que viaja por el mundo reclutando con promesas de matrimonio a jóvenes incautas, acaba en un lupanar situado a la entrada de la estación ferroviaria de Düsseldorf, en un edificio de varias plantas y cien ventanas, detrás de las cuales se exhibe la mercancía humana.  En ese lugar, cien prostitutas de todo el mundo viven recluidas para servir de esclavas sexuales todos los días del año, bajo la férrea vigilancia de sus celadores, a las órdenes del mentado cazatalentos y Cafiche mayor, un tal Murat Bulladar, que tiene a Diana Postigo como la niña de sus ojos.

 

A la hora de contar la verdad sobre su caso, es probable que Diana Postigo no pudiera escribir la crónica de sus desdichas si no contara con la ayuda de alguien.  En Nada que declarar, gracias a una serie de circunstancias, ese alguien será Silvia Olazábal Ligur, escritora y traductora, una suerte de alter ego de la autora, que relatará el caso de Diana con todos sus ribetes trágicos y a veces cómicos, y cuya intervención nos da una de las primeras pistas sobre la complejidad de la estructura de la novela.  Ese relato de Silvia que se va armando es la construcción de una segunda novela dentro de la novela, un recurso que tiene sus peligros, aquí salvados con elegancia y fluidez.  De hecho, es interesante señalar que la novela lleva como subtítulo El libro de Diana porque, en realidad, nace de una novela más extensa, titulada Nada que declarar, a secas, ya publicada en 2013 (Tribal Narrativa, Lima, 2013), un libro mucho más extenso donde la técnica de las matrioskas figura como principio fundamental y donde el relato viene a ser el escenario de los cuentos que se bifurcan.  Ya en su momento esta primera versión fue bien acogida en Perú, un país que, al igual que Chile, mantiene una exagerada distancia con sus escritores residentes de larga data en el extranjero.

 

Gracias a esta relación entre las dos mujeres, Silvia Olazábal se adentrará en el medio natural de Diana Postigo en el Rimac –para documentar su historia-, y se acercará a un mundo que hasta entonces le era desconocido, en contraste con el viaje a la inversa que ha hecho Diana, de la pobreza del Rimac a la opulencia de la sociedad alemana, cuyos privilegios sólo puede observar, nunca disfrutar.  Este cruce de corrientes es, por así decir, mutuamente nutritivo, y así como Silvia va recopilando material para su relato a través de Diana, ésta va adquiriendo conciencia de las diferencias y desigualdades que han propiciado su esclavitud durante dos largos años.  En sus recuerdos está compilada toda la barbarie de las modalidades de explotación sexual a la que están sometidas estas mujeres, cuya defección acarrea castigos todavía peores:

 

“ Y las cien enventanadas del Edificio sabían perfectamente que las amenazas de los cabrones jamás eran broma, ¿acaso no habían secuestrado a la hijita de una rumana de cabellera castaña hasta la cintura y la habían devuelto a su hermana en Bucarest solo cuando ella volvió solita, de su voluntad, a sentarse en bikini ante la ventana 54 del Edificio?”

 

El peligro que tiene adentrarse en el tema de la prostitución no es sólo un peligro estilístico porque un tema tan tratado siempre requerirá una buena dosis de originalidad.  El peligro también estriba en que a las mafias que gestionan el negocio no les gusta que nada salga de las cuatro paredes del prostíbulo, y un libro denuncia como éste hará daño al lucrativo negocio, que en parte siempre cuenta con la indolencia de los poderes públicos que miran hacia otro lado.  En el uso de un exuberante lenguaje teñido de peruanismos y americanismos, Teresa Ruiz Rosas zanja la cuestión de la universalidad del español americano y supera con creces el reto de la originalidad.  Su novela viene a ser el espejo de Stendhal que se pasea por el ancho camino entre el Rimac y Dusseldorf, entre la miseria que entrega a sus hijas a la esclavitud sexual y la fría opulencia del mundo desarrollado, donde los hombres, como dice Silvia Olazabal, “lo que compran es poder”.

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Una novelista excelente

Por Winston Orrillo

3 de Enero, 2015,  Revista Dialogos Del Sur​

 

Quizá sea por su larga estancia en el extranjero, o por la escasa difusión de su obra –ya que no pertenece, hasta donde sé- a la claque literaria realmente ad usum, confieso mi crasa ignorancia acerca de la formidable tesitura creativa de Teresa Ruiz Rosas (Arequipa, 1956) narradora y traductora literaria, residente en Colonia, Alemania, y con estancias prolongadas en Budapest, Barcelona y Friburgo de Brisgovia.

Acostumbrada a participar en certámenes internacionales de narrativa, fue finalista del Premio Herralde de Novela, 1994 –de Editorial Anagrama- y del Premio Tigre Juan de Oviedo, destinado a primeras novelas, con El copista (Barcelona, 1995), para la que obtuvo significativas críticas nada menos que de Ignacio Echevarría en El País; o en el ABC y el Diario Vasco de España, entre muchos otros, y una calificación como “magnífica novela”, por el querido Toño Cisneros, en El Dominical, igual que en la prensa literaria alemana, suiza y austriaca.

Detrás de la calle Toledo (Lima, 2004), relato antologado en varias lenguas, obtuvo el Premio Juan Rulfo 1999, del Instituto Cervantes de París y Radio Francia Internacional. En edición bilingüe, su libro El retrato te ha deslumbrado, recopila su obra cuentística desde 1989. La falaz posteridad, su segunda novela, tiene una versión original alemana elogiada por el gran periodista Günter Wallraff. Su tercera, La mujer cambiada (Lima, 2008) se desenvuelve, a decir del magnífico escritor español Enrique Vila-Matas, “con una originalidad en la trama y una sobriedad en el tratamiento de la situación dramática más afinadas que nunca” en donde “brilla su talento excepcional”.

Sus libros han aparecido también en Zúrich y Ámsterdam, en Bonn y Weilerswist, pero ella, igualmente, ha traducido, para editoras españolas, libros de grandes autores de lengua alemana como W.G. Sebald, Franz Werfel y Botho Strauss, entre varios otros, y del inglés a Nicholas Shakespeare, del húngaro a Milán Füst, y, del luxemburgués, a Roger Manderscheid.

Todo lo anterior, nos parece, es un buen prolegómeno para el ingreso a una novela mayor en su propia obra, y en la literatura peruana y latinoamericana: Nada que declarar, Mención Honrosa en la III Bienal de Novela, “Premio COPÉ 2011”.

Nada que declarar, 512 páginas, nos hace ingresar a un mundo en el que destaca su denodada denuncia del tráfico de seres humanos, a partir de la historia de Diana Postigo, una humilde mulata del Rímac, llevada por un caficho, integrante de alguna de las tantas mafias internacionales de tratantes, a Alemania, y obligada a ejercer el meretricio en un edificio de 100 cubículos, en el que se exhibía un caleidoscopio de mujeres latinas y europeas del Este (rusas, entre otras). Pero ésta es, apenas, una de las historias –pues la obra desarrolla, concomitantemente, otras: la de la propia Silvia Olazábal Ligur, su alter ego, traductora y escritora en ciernes, que es la que, fortuitamente, conoce a la mulata rimense, rebautizada como Dianette, la ayuda a salir del país –mediante un salvoconducto- y decide contar su paradigmática y a la vez insólita historia, que es una de las que vertebra su novela.

Todo esto con un manejo, admirable y sápido, del lenguaje coloquial que la autora no ha perdido, a pesar de que, por largos años, no reside entre nosotros.

Hija del gran poeta limeño que se afincó en Arequipa, José Ruiz Rosas, Teresa es miembro de una familia esteta por antonomasia –su hermano es un destacado poeta- y esta novela nos emociona, asimismo, por las numerosas reminiscencias arequipeñas –nunca deja de serlo ella- y de la que fuera entrañable librería familiar, y de figuras como las del narrador –prematurmente desaparecido- Edmundo de los Ríos, y de algunos otros personajes excepcionales, como “El Hombre de los Libros Rojos”, cuya obra sui generis nos adentra en el mundo de la transición de la Alemania dividida a la actual, y la influencia de las lecturas contestatarias, promovidas por este editor increíble y clandestino. Pero, en medio de todas, destaca la historia de Silvia Olazábal Ligur, plena de sensibilidad y sensualidad estéticas, que deviene, simplemente, en fascinante: su manejo narrativo y poético del que hace gala, para conducirnos a sus periplos de alcoba, que la llevaron hasta nada menos que Marruecos donde, por poco, se ve envuelta en el tráfico de drogas –allá le llaman “chocolate” al hachís- que era el modus operandi de su entonces joven amante, quien la llevó a su país, con pretextos “turísticos”, pero, quizás, para convertirla en “burrier”, de lo cual se salvó por un pelo.

“Nada que declarar” (de aquí proviene el título de la obra) es la frase que se usa en los aeropuertos cuando uno no lleva nada que pueda hacerle pagar impuestos: símbolo, pues, de la plena “inocencia”, lo que es antitético con lo que se cuenta en esta narración, cuyo interés nunca decae, y es, más bien, creciente, con el uso de una muy bien dosificada carga de ironía, que la narradora posee y de la que hace gala en más de una oportunidad.

Plena de imágenes poéticas, analogías y frases profundas, como que algunas provienen de autores que Teresa cita generosamente, la novela, como repetimos, desenvuelve un humor a veces “negro”, suerte de anticlímax a situaciones ciertamente exasperantes.

Lo que demuestra que la autora se encuentra en su mejor momento creativo, y que, a partir de esta obra, ya todo lo suyo, debe, obligatoriamente, ingresar al recinto de las obras relevantes de la literatura en nuestra lengua.

Por lo pronto, en este instante, y no temo equivocarme, la suya es, en el Perú, la mejor obra narrativa escrita por una mujer; pues, en cuanto a la poesía, muchas son las voces que se disputan este calificativo.

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Lectura de Andrea Querol 

Presentación en el Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán

11 de setiembre, 2013

A Teresa Ruiz Rosas la conocí hace sólo un par de años en marzo de 2011. Me contó que estaba escribiendo una novela con la trata de personas como tema de fondo.  Conversamos largo sobre la situación nacional e internacional en relación al delito. Me llamó mucho la atención su enorme interés y su gran sensibilidad. Además, era evidente que tenía muchísima información sobre el tema y lo que ocurría en Europa y en el mundo. Hace algunas semanas me llamó y me pidió presentar hoy su novela y, la verdad, para mí es un honor. 

 

Leer Nada que declarar, a pesar de conocer sobre el tema de trata y de saber y haber visto de cerca el sufrimiento de las víctimas, me ha conmovido; la novela me fue ganando: es entretenida, pero además muy bien documentada, entre otros temas, con relación al de la trata, haciéndome repensar algunas cosas con otra óptica… Lo interesante de esta novela, que puede ser cruda por partes, es que a la vez se entrelazan historias de amor, de amistad, que transmiten ese otro lado bueno de las cosas y de las relaciones humanas. Y está también la historia de Gastón Solís, el Hombre de los Libros Rojos, el peruano que en Alemania, en los años 60, imprime de manera clandestina libros prohibidos, progresistas, de las décadas de los veinte y treinta, que permiten a  los jóvenes de la época informarse con libros del pensamiento contestatario.

 

En la presentación de la novela que hizo Marco Martos hace algunas semanas, dijo que se trataba de una novela río que se expande y en la que van surgiendo los personajes. Y, en efecto, es como él dice. A lo largo de la novela surgen no sólo los personajes, sino las historias, todas hilvanadas a través del personaje central, Silvia. Y cada historia, a medida en que se va desarrollando, va adquiriendo un sentido, que la vincula a la historia de violencia y dolor de Diana Postigo que se desarrolla en paralelo (una Diana que se llama Dianette en alusión al nombre de un tipo de sandalia). Y digo en paralelo porque mientras Diana confía y es engañada, encerrada y explotada, Silvia confía también, y toma riesgos (de hecho es más arriesgada que Diana y se respira el peligro al que se expone), sólo que en su caso, cada vez que pareciera que sufrirá las consecuencias, algo ocurre que mitiga o evita que se vea envuelta en una situación de violencia o de abuso;  en el lector, va generando una sensación de suspenso, de angustia.

Esta noche quiero ante todo transmitir una serie de sensaciones, reflexiones e interrogantes que fueron motivadas por la lectura de la novela de Teresa. Me han pedido que el comentario sea en torno al tema de trata, y en eso me voy a centrar. Desde las primeras páginas se hacen presentes todos los elementos de la trata y, a lo largo del relato, nos encontramos con que los datos que recoge la autora son precisos. Aunque escoge a Diana, una peruana, para representar a la víctima de trata, también nos cuenta que en Europa no son las peruanas las más cotizadas, en todo caso no son las que llegan a Alemania. En 2010, CHS Alternativo hizo una investigación que permitió precisamente demostrar que llevan más víctimas de trata a Europa procedentes de otros países como Brasil o Colombia e incluso Ecuador. Pero a lo largo de la novela, Teresa también nos ofrece estadísticas, cifras sorprendentes: – por ejemplo, que en Alemania, para el 80% de la población la prostitución es algo normal;  – o que hay en España ½ millón de mujeres con destino al mercado sexual, procedentes la mayoría de Nigeria, Colombia, Ecuador o el Este europeo. – O que en Alemania, de 360,000 mujeres en el mercado sexual, más del 60% son extranjeras. Todas, claro, cifras aproximadas, porque a las mujeres en el momento de los operativos, las esconden de la policía… (Más aún si son menores de edad). Y si  son casos de trata, es aún más incierto. Así, encontramos información bastante precisa sobre la situación de las víctimas de trata en general: cómo son captadas, luego sometidas y explotadas, pero la autora también transmite con una enorme sensibilidad lo que es el sufrimiento de estas mujeres vejadas, aisladas y sin salida. Finalmente, el lado del tratante, del proxeneta, rufián, sus roles, su conducta violenta, abusiva, de cosificación de la mujer.

Quisiera recorrer algunos momentos (aspectos) de la novela que considero claves y compartirlos con ustedes:

1. La vivencia de la persona que se encuentra en situación de trata: está muy bien plasmado lo que tiene que ver con el sufrimiento de las víctimala desesperación de las mujeres, la rabia y la impotencia, la depresión que va minando las ganas de salir (p.156) o escapar, y que puede incluso llevarlas al suicidio: y cómo esto se repite una y otra vez en diversos casos. Son CICLOS.

Diana, engañada al ser seducida a los 17 años (justo antes de cumplir los 18) y que vive recluida sin dominar el idioma, sin conocer la ciudad, sin visa o documentos para facilitarle la huida, no se quita la vida, por su mamá y porque desea reparar el dolor que le puede haber ocasionado su ausencia. Esa es la esperanza que tiene. Hay esperanza. Jhinna, en la vida real, nos contaba a nosotros (en el CHS) que no se quitó la vida por su hija.

 

Teresa también describe claramente la situación de control absoluto de parte del tratante: incautación de documentos de identidad, DNI, pasaporte, la falsificación de documentos nuevos si fuera el caso, cómo la correspondencia  pasa por el filtro del tratante, etc. Todo está allí. En el Perú observamos la misma realidad, salvo que en vez de controlar la correspondencia, es el celular o teléfono el que está controlado por el tratante. También el control de matones es un hecho, la permanente vigilancia, tuvimos un caso en Iquitos.  

 

Y está la sensación de indefensión de las víctimas: el sometimiento, el miedo a la denuncia, el miedo a que las maten, el miedo a regresar a sus casas y a ser estigmatizadas, el miedo a no encontrar trabajo, o a no ser capaces de aprender otro oficio si lograran escapar…

 

Una de las principales formas de enganche de las víctimas (tanto para explotación sexual como laboral) es la servidumbre por deudas, que acá también está claramente descrita (p.154).  Lo descrito es lo que ocurre: Los relatos de las víctimas que entrevistamos y atendemos, a veces parecen fantasiosos por lo terrible que surge cuando se entra en los detalles, pero a veces lo más simple (me engañó mi pareja, me fui con mi tía, mi mamá me dijo que vaya) revela situaciones difíciles de imaginar, y cuyo relato está impregnado de sufrimiento.

2. La toma de conciencia de la realidad ( o la negación de la misma).

Silvia la traductora (el personaje principal) viaja en tren con cierta frecuencia a Düsseldorf sobre todo por motivos de trabajo, y eso es lo que le permite ver el Edificio una y otra vez (la primera vez en el 86), desde el tren se puede observar las ventanas numeradas con las chicas exhibiéndose, y el que quiere puede llamar incluso desde el tren para averiguar. Y ella ha escuchado a más de un grosero “gritando sobre las ventajas o desventajas de un número”, ventilando su machismo y soltando bromas, sin importarles la presencia de otros pasajeros. Un vuelo a Iquitos con trabajadores, por ejemplo, revela la misma actitud: en tren o avión, en Alemania o en Perú.

 

En efecto, el Edificio fue construido por el Estado en 1962, como nos informa la autora (p. 63-64), y la intención era aislar a las mujeres de vida ligera. Para ordenar y limpiar la ciudad: “moderno complejo habitacional de 4 bloques residenciales para jóvenes ligeras”. (cita Die Zeit). Para muchos, muy práctico porque se esconde el problema, y así uno se cree lo que quiere… y no ve lo que no quiere ver. Silvia, cuando se inquieta por lo que observa, y se pone en el lugar de las mujeres encerradas, pregunta a su alrededor, y confirma, que muchísima gente que pasa por allí, ni siquiera se ha fijado en el edificio, y si lo ha visto, no le ha llamado la atención. Recibe respuestas como: toda la vida ha sido así. ¡¡¡No lo vas a cambiar!!! Esto forma parte de la invisibilidad del problema: se camufla dentro de la tolerancia social, y se sombrean los casos de trata con los casos de prostitución. En el Perú es exactamente igual: el bar La Noche en Piura es un ejemplo claro de esto. Y Silvia cita a Albert Einstein: ”nos advirtió antes de 1955 que el mundo no está amenazado por las malas personas, sino por quienes permiten la maldad.” (p.64 -65). Yo también recuerdo haber estado en Ámsterdam en la zona roja y haber tenido la sensación de que estaba rodeada de un mundo surrealista y no podía evitar preguntarme cuántas de esas jóvenes en las vitrinas eran mujeres que estaban siendo obligadas y estaban en situación de encierro. Quizás lo que más impacta es no sólo ver la cantidad de hombres, muchos de Europa del Este, en grupos, bebiendo y claramente yéndose de putas, sino a todo tipo de turistas observando con curiosidad y pasándola bien; y lo otro que impacta es darse cuenta de que uno forma parte de ese grupo de turistas que también observa pasivamente desde afuera. Eso está muy claramente graficado en la novela de Teresa: la pasividad de la población que simplemente se da porque la vida cotidiana hace muchas veces pasar por alto lo que ocurre a su alrededor.

 

3. Düsseldorf:  la gran paradoja

En una Alemania que, como describe bien la autora (y además lo hace presente a lo largo de la novela), tiene un desarrollo intelectual, cultural y político tan avanzado, llama la atención de Silvia, cómo puede convivirse con tanta indiferencia con algo tan terrible como la trata de personas: con una avenida, la KÖ, que es la más cara y exclusiva de Alemania, y siendo la ciudad con más galerías de arte por habitante del país… Sin embargo, a pocas cuadras de la estación central: quienes entran o salen de la misma, pueden ver la edificación con sus 100 ventanas numeradas (como un calendario de adviento, sugiere Silvia Olazábal). Y entonces aparece la pregunta que obviamente está planteada: ¿la educación, la cultura son determinantes, importan para impedir la trata de personas? Pareciera indistinto… No es un tema de cultura, no es un tema de educación, no es un tema de poder adquisitivo. Es un tema de poder (como bien lo menciona Teresa en su libro), de un ser humano sobre el otro, (que es atractivo/adictivo para quien detenta el poder) y, esencialmente, un tema de poder económico. Además, es un tema que involucra la corrupción, y, por otro lado y por sendas separadas, es un tema de valores. Se da por igual: Düsseldorf o Iquitos, tren o avión. Profesionales (ingenieros) que se dirigen a Iquitos por semanas a trabajos de exploración, por ejemplo, que son gente preparada, leída, etc.  

 

4. La liberación/

En la novela se describen claramente los sentimientos encontrados de Silvia, cuando se encuentra por primera vez en la estación central con Diana Postigo, que acaba de escapar, y le pide ayuda. Se debate entre la sensación de tener que ayudar, y las dudas y los prejuicios ante la golfa, la prostituta. Estos son sentimientos y conductas que en efecto suelen estar presentes en las personas, en el ciudadano de a pie. Hay un estigma y se despierta un rechazo hacia la prostituta y que probablemente se darían en cualquiera que se encuentre en una situación similar. Y surge la pregunta de cómo puede entonces una víctima salir y buscar ayuda.

Hasta ahora, también en el Perú, las liberaciones están sujetas al azar y la suerte: Eso es lo que encontramos en muchísimos de los casos: la suerte de encontrar a alguien que las ayude a escapar:

–  un cliente más sensible, que piensa en sus hijas, que se solidariza con el miedo

– un vigilante, que decide no hacerse cargo del sufrimiento de alguien que lo conmovió más que otro

–  un tío que paga por rescatar a su sobrina y cuyos tratantes tienen mucho que perder si se resisten

–  un descuido del tratante o los matones (se sabe de un caso en Iquitos, por ejemplo)

–  el bolso lanzado por una ventana enrejada, con un papel escrito con lápiz de labios pidiendo ayuda (fue el caso de una peruana en Chile).

Pocas veces es un operativo policial bien planificado. La intervención del Estado se hace necesaria de manera sistemática. La policía sabe dónde están las víctimas y muchas de las menores de edad.

Preocupa lo que ocurre en Europa. Alemania se caracteriza por tener cifras importantes de víctimas de trata. (Por ejemplo, el mundial de fútbol llevó a cerca de 40 mil mujeres, ya desde el 2005 se había iniciado la campaña.) En el Perú, específicamente en Iquitos, los policías nos han dicho que saben, pero no tienen dinero para el seguimiento, pagar informantes, o el operativo. Por ahora, ante la ausencia de la intervención del Estado, queda el azar. Las víctimas sales de su situación de cautiverio por esas circunstancias (el bolso en Chile, el tío que paga por el rescate, etc.)

 

5.  La importancia de comunicar

El 8 de Marzo del  2006, Diana Postigo, de 20 años, escucha radio “La hora Latina en Radio Multicultural” y además de identificarse con la música de Susana Baca, (soñando con su libertad, y recordando su familia, su vida en el Rímac,), sigue con enorme interés a la locutora (Lorena), que se convierte en manos de Teresa, en la voz amiga de Diana: se convierte en un personaje clave para ella, de soporte, que además le ofrece información, estableciéndose un vínculo fundamental para ella. La escuchó por primera vez un año antes: le hicieron una entrevista a una periodista. Alice Schwarzer, que dice “lo que allí compran los hombres no es sexo sino poder. Que lo que enciende a los clientes es su poder de mando y el servilismo de ellas: Esas dos frases, que Lorena Marín tuvo la precaución de repetir tres veces en español para que ninguna, ningún oyente quedara sin entender a cabalidad  fueron el motor que acabaría cambiándole de nuevo la vida”.

Y Diana piensa que es increible: “que alguien sin conocerla ni en pelea de perros, le explicara a Dianette Pöstges  lo que Dianette Pöstges  hacía.

Y  aunque Diana no sabe que se festeja el Día Internacional de la Mujer, algo mueve una fibra adicional en ella, que la motiva a seguir adelante, y pensar en salir de su situación de esclavitud.

Y en determinado momento Diana (p.17) se dice cuánta palabra difícil; tremendo vocabulario maneja la amiga Lorena. Y escucha atentamente, porque le gusta oír a Lorena, identificándose con el discurso que habla sobre la injusticia,  informando, pero esencialmente  denunciando la explotación de mujeres.

 

Se hace fundamental llegar y comunicar a la población vulnerable y a las mismas víctimas. La radio es un instrumento poderoso de prevención y de motivación para el escape: ¿por qué no? Debemos usarlo más, debemos tener un programa específico en alguna radio, que las mujeres puedan sintonizar, que poco a poco les permita escuchar teléfonos, tipos de ayuda, de otras realidades que las hagan sentirse más acompañadas. En nuestro medio, es fundamental: y no basta con un spot de cuando en cuando. Se requiere algo constante, de conversación  (algo así como lo de Maestre), pero mínimo 1 vez a la semana, algo que llegue a nivel nacional. A las zonas alejadas, lo único que llega, con suerte es la radio. En castellano, en quechua, en aymara.

Y la comunicación debe darse también por escrito….

 

6.-El libro:

Siempre he tenido claro que hay que llegar a la población vulnerable y de alto riesgo, con simpleza pero con claridad; para poder informarles, advertirles, alertarlos…. Pero también es fundamental sensibilizar a  todas aquellas personas que de una u otra manera pueden ser parte de la cadena de la trata: parte de la demanda, cómplice en el silencio y la indiferencia, permitiendo el sistema…. Y eso, Teresa lo logra… A través de Diana, la autora le da voz al sentimiento de  cualquier víctima de trata y entre otras cosas al deseo expresado por Diana a Silvia, de que su historia sea relatada, escrita, y pueda ser eventualmente seguida por sus compañeras de ventanas (p. 150). En la página 153 Silvia le dice e Diana que es optimista en cuanto a índices de lectura y yo pensaba que si el libro puede llegar por lo menos a manos de algunos habitantes en el sector de Düsseldorf del edificio, o  a quienes que pasan en tren frente al ventanal y se sensibilizan frente al tema ya se está haciendo mucho, en términos de prevención.

Contar su historia es fundamental (hemos tenido los casos de Jhinna, Ashaninkas)

Es una manera de liberar algo, de dejar de esconderse, de dejar de tener vergüenza, pero también liberar la esperanza. De que se haga justicia, de que aparezcan sus hijos, de recibir la ayuda que requieren para salir adelante.

 

Éste es un libro lleno de reflexiones, de propuestas y análisis sobre la libertad, el involucrarse o no, el rol de los que “miramos”. Lo lleva a uno a identificarse con muchos sentires, y a preguntarnos nuevamente: ¿cómo llegar a prevenir la trata?

Como dice Diana finalmente: “a cuántas chicas se les prendería el foco si saben lo que he vivido; novela o no novela ya da lo mismo, la cosa es que vean el peligro,  no pisen el palito cada vez, se ahoguen en el tarro de miel como moscas.”

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Un viaje al fin de la noche... con ida y vuelta

Por Fernando R. de Lafuente

Anotaba el gran escritor estadounidense James Salter en el epígrafe de Todo lo que hay, que «llega un día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales.» La joven protagonista de la última novela de la escritora peruana Teresa Ruiz Rosas, Nada que declarar. El libro de Diana. tiene bien clara esta premisa, intuitivamente, al pedirle a su compatriota Silvia Olazábal «que relate por escrito lo que le pasó, un ruego con mucha suavidad en el tono, pero haciéndole escuchar entre líneas una insistencia apremiante que no se atreve a exponer de frente. Necesita verlo impreso para creérselo ella misma. Como si el milagro de su vida actual de Diana Postigo Dueñas renacida no tuviese mayor mérito mientras lo anterior no quedase lacrado en negro sobre blanco, adoptase la categoría de indeleble al paso del tiempo.»

Y esto es la literatura, en el fondo. El quedar, el dejar fijado. Como lo decía Antonio Machado, «una palabra en el tiempo». Y si no queda fijada no hay historia. De modo que la memoria es una de las claves de esta novela, una soberbia conversación entre Silvia y Diana de ese Perú que las dos han dejado en muy diferentes circunstancias, y que es asimismo una confesión sin eufemismos para la crueldad y la violencia, y es también una historia contada con ira y con melancolía... un oscuro cuento de hadas que son peregrinas de sí mismas.

Se ha de dar fe de lo que ha pasado Diana -llegada a esta Europa tan culta y desarrollada cual «mercancía exenta de aranceles» y que ha conseguido escapar del calvario de tantas mujeres engañadas, amenazadas y obligadas a prostituirse a diario- a través de los ojos de Silvia, que es quien se hace cargo de su historia. Decía Umberto Eco muy bien que el lenguaje propio que tenemos en Europa es la traducción. Y aquí la traducción juega un papel bastante curioso en el personaje de Silvia, traductora de profesión. Le dice Diana: «¿Te das cuenta?, lo único que puedo dar yo a cambio de mi buena suerte es divulgar lo que sé. No es mucho, pero por lo menos se ve algo de lo que hacen, de cómo operan esos mal nacidos.»

Hay algo sórdido, triste y terrible en la novela y la cuestión es contarlo, y eso lo convierte en un libro en construcción de vidas errantes. La pobreza del ámbito que proviene Diana, que al fin y al cabo es algo que se puede combatir, frente a la ruindad –ya más complicada de combatir- de seres pérfidos bien instalados en el magro territorio de la exquisita y civilizada Unión Europea, concretamente en un espacio definido, la ciudad alemana de Düsseldorf, en donde existe un edificio de 100 ventanas numeradas próximo a la Estación Central de ferrocarril, en que se exhiben las mujeres, y que sirve de escenario a esta ficción. Con lo cual surge un elemento más en la novela que es el tren y la mirada desde el tren, como si el edificio de marras fuera una casa de muñecas. Pero una de las sabidurías de Teresa Ruiz Rosas en la novela es colocar precisamente como eje en el que van participando algunas de las diferente historias, un edificio -de Babel porque las muñecas las hay de todos los continentes-, que desde el punto de vista moral es una cochambre para una nación como Alemania, y que sin embargo existe en cualquier sitio de Europa.

Con una extraordinaria capacidad de narrar, que Teresa Ruiz Rosas ya había demostrado desde su primera novela, El copista, la autora reúne voces que cuentan la propia existencia desde perspectivas y ámbitos diversos (y, ¡como se debe hacer en literatura, con distintos tiempos verbales!), de modo que el resultado es un arriesgado relato polifónico, donde las distintas voces narradoras van configurando una misma realidad, de suerte que el lector está obligado a ir construyendo unas historias convergentes –y eso es muy higiénico y oxigena- en una realidad fragmentada que muestra vidas cruzadas.

No obstante, esas vidas que se van cruzando al final ostentan una nueva realidad que han creado ambas, y que va a quedar escrita. Eso es lo que más me ha atraído, y creo que es uno de los enormes valores de esta novela, que está planteada para un lector exigente. No es una historia lineal, no es una historia plana, como buena parte de la literatura de la narrativa actual, absolutamente previsible, con personajes estereotipados que salen de los talleres literarios con un lenguaje casi cercano a lo más superficial, sino que Teresa Ruiz Rosas, como ya nos había enseñado en otros libros, y de manera particular en el citado El copista, lo que hace es plantear desde diversos planos una serie de personajes de carne y hueso, contradictorios, auténticos, que están contando una vida.

Hay, por ejemplo, en tanta sordidez, en tanta violencia, miedo, porque la novela destila mucho miedo, un capítulo extraordinariamente bello que es «Páginas Amarillas», donde Diana se da un respiro y vuelve a ser una persona normal dentro de ese confinamiento que tiene en la habitación número 31 en el ventanal de las cien. Y existe un juego con las emisoras de radio y las canciones, aquel tremendo poder de evocación de un tiempo y de un país y de un momento que tienen las canciones. Contaba Cortázar en uno de sus mejores relatos, El perseguidor, cuando habla del gran Charlie Parker, Johnny Carter en el cuento, cómo él cuando va en París en el metro de una estación a otra, cuando se hace la oscuridad en la estación y cuando se refleja su cara en la ventanilla del vagón del metro pues puede recorrer solo una estación, dos minutos, dos minutos y medio, tres, y en cambio ha pasado casi una vida. Eso tiene la canción y Teresa Ruiz Rosas lo ha hecho a propósito. Esa capacidad de la evocación de salvar un poco a los personajes de los que les puede salvar.

Y también está presente el humor. Destaca el personaje de Rogelio La Mar, escritor amigo de Silvia en su juventud, que no concebía el mundo sin convertirlo él y convertirse en sí mismo en literatura. Que todo lo que tocaba era literatura como le ocurría a Ramón Gómez de la Serna. Y cuyo fervor literario me recordaba algunos momentos de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. La descripción de Rogelio es maravillosamente barroca: «Como un cuadro del Greco, como si El Greco se diese una vuelta por Arequipa desde el Más Allá y oscureciese la piel de uno de sus personajes.»

Nada que declarar. El libro de Diana es una soberbia reflexión sobre el miedo, el poder, sobre la explotación, la violencia, la humillación, la hipocresía de una sociedad que mira para otro lado respecto a lo que miserablemente siguen llamando «el oficio más antiguo del mundo» y que aquí se revela sin tapujos como «la forma más antigua de esclavitud».

Sobre LA MUJER CAMBIADA

Por Izia Douix

2 de Junio, 2016 en La Clé des Langues

Esta novela relata la trágica historia de una mujer en la época del terrorismo. Empieza en una clínica estética muy lujosa donde Elvira Peña, la protagonista, va para hacerse operar el rostro, no para ser más linda – como todas las limeñas de clase alta que van allá – sino para cambiar por completo su identidad. Regresa luego para proponerle un trato al doctor Gerardo Bustíos. Él acepta y así deja su clínica prestigiosa y su carrera exitosa para dedicarse a crear una clínica para las víctimas del terrorismo – como lo es Elvira Peña según lo sospechamos –. Durante el primer tercio de la novela, no sabemos muy bien cuál fue la historia de aquella mujer para que tuviera que crearse una nueva identidad pero lo vamos descubriendo luego cuando, el día de la inauguración de la clínica, un antiguo militar reconoce a Elvira detrás de su máscara. 

 

Descubrimos así, en un juego estilístico de flash-backs y según el relato entrecruzado de tres personajes distintos – la mujer misma, el antiguo oficial que la descubre y un antiguo militar que trabaja de mozo en la fiesta – lo tristemente ocurrido en los Andes. Una novela que, a partir de una historia personal, denuncia actos graves de violencia, denuncia a todos los verdugos del periodo del terrorismo, muestra la cara escondida de la historia peruana. Con amplios detalles sobre la crueldad de la época, revelados a Elvira Peña y al mismo tiempo al lector por alguien del mismo bando que los agresores. El hecho de que sea un militar quien relate las violencias militares nos permite decir que, además de denunciar la barbarie, Teresa Ruiz Rosas busca resaltar la humanidad de algunos, aquellos que se encontraron en medio del terrorismo sin ceder a la violencia. 

 

En fin, una novela que recuerda que el conflicto interno anti-terrorista del Perú entre los años 80 y 2000 es más complejo que se quiso decir. En efecto, ambas bandas – la terrorista y la militar – fueron violentas y realizaron actos de alta crueldad, pero a la vez, ambas contaron con buenas personas que hubieran querido cambiar las cosas pero no tuvieron el poder de hacerlo.

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Sobre EL COPISTA

Primeras tardes con Teresa

Por Antonio Cisneros

9 de Abril, 1995 - El Dominical

Hay noticias que dan la vuelta a mundo (al mundo de as letras por lo menos) y no bien llegadas al Perú, sea cosa de ignorancia o mala fe, terminan desinfladas. Esto es, a mi buen ver, lo que ha ocurrido con la magnífica novela El copista de Teresa Ruiz Rosas, editada por Anagrama de Barcelona en diciembre del año pasado. Esta vez han faltado en nuestro medio los bombos y platillos, que con frecuencia sobran, para destacar al triunfo. Al fin y al cabo, no todos los días un autor (una autora en este caso) del Perú queda entre los tres finalistas del importante Premio Herralde de Novela que se otorga en España.

 

El Libro narra las dos versiones, como si fueran dos libros simultáneos, de una historia en donde se entremezclan el arte más etéreo y la pasión carnal. Amancio Castro es el copista de Lope Burano, compositor de gran reputación. Marisa Mantilla, joven de buena sociedad, es la amante del músico Burano. Amancio, cholo y pobretón, es el sufrido voyeaur de los entendimientos de la pareja. 

 

La versión del amor inalcanzable, repleto de deseos, humillado en su condición casi de siervo (siervo de la música y de Eros) a través de la correspondencia que guarda con su amiga, es la historia de la frívola crueldad. La muchacha, sabedora de la pasión que consume al copista, se entrega a los más perversos juegos destinados a mantener en vilo la tragedia, y los terribles apetitos, de ese amor imposible. Al final, todos se pierden en esta suerte de triángulo esperpéntico. Todos menos el lector.

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Salieri, en Arequipa

La risueña y cruel primera novela de Teresa Ruiz Rosas

Por Ignacio Echevarría

14 de Enero, 1995, Babelia, El País (España)

 

Así como el suicida, dicen, ve transcurrir por entero y en un solo instante su vida, puede ocurrir que, durante el transcurso de la vida misma, se revele de golpe todo lo que la vida no ha sido, lo que no ha llegado a ser, lo que no ha logrado ser. Y que esa revelación tenga el rostro de una mujer bellísima.

 

La de Amancio Castro, copista de partituras musicales, es, según sus propias palabras, "una vida insulsa", transcurrida en esa "especie de paraíso del naufragio" que es Perú. Una vida a la sombra de un músico de genio, el maestro Lope Burano, para el que Amancio, humilde cholo crecido en Arequipa, trabaja resignado a no ser él mismo "un músico verdadero".

 

"¿Por qué diablos, maestro?", se pregunta Amancio, al constatar una y otra vez la diferencia entre sus propias composiciones y las de Burano, en las que, sin embargo, reconoce "acordes y fragmentos de melodías que ya se me habían ocurrido antes". Pero Amancio no es Salieri, ese genio de la mediocridad y de la envidia cuya leyenda le atribuye el más atroz de los crímenes, aquel que se realiza contra el único rastro de divinidad reconocible en el hombre: la gracia. El crimen de Amancio no brota de la insumisión de su propio talento, sino de la de su cuerpo. Su pasión no es la envidia, sino el deseo. La belleza de una melodía, por otro lado, escapa a la propia vida, se sitúa en un orden inalcanzable. En tanto que la belleza intolerable de un cuerpo esquivo, su promesa de fugitiva y concreta felicidad, puede comprometer la vida precisamente porque la pone, como dijera Cortázar, al alcance del salto que no damos. "Terrible cosa".

 

En forma de una carta manuscrita dirigida por Amancio al maestro Burano con motivo de su dimisión como copista a su servicio, la primera parte de esta risueña y cruel novela constituye todo un concierto de irónicas intenciones. Apropiándose con portentosa sencillez de un tono masculino que destila a partes iguales erotismo y resentimiento, devoción y vehemencia, Teresa Ruiz Rosas (Arequipa, Perú, 1956) ha escrito un texto ejemplar en un sentido genérico y moral. La eficacia de dicho tono se pone de manifiesto en la compleja cifra de lecturas posibles que se desprenden de la carta y que, desdichadamente, achata la segunda parte de la novela, de nuevo una carta, pero esta vez dirigida por la amante de Burano a una amiga.

 

Señalaba Proust cómo las mujeres "pueden permitirse el lujo de no darse jamás a aquellos en quienes notan, si han estado demasiado nerviosos para ocultárselo los primeros días, el incurable deseo que de ellas sienten". Las ceremonias de voyeurismo que tienen lugar entre Marisa y Amancio tienen que ver con esta perversa negación de la entrega que el mismo Proust deslindaba tajantemente de la virtud y del platonismo. La versión de los hechos que se proyecta en la carta de Marisa ofrece la perspectiva inversa del deseo que ella misma suscita y alienta. Pero el tono de este segundo texto aparece menos logrado que el primero, menos convincente, mientras que la simetría impuesta al relato, al confirmar con fatigosa puntualidad la veracidad de lo que en la carta de Amancio podía atribuirse a la fantasía o al delirio, resta ambigüedad y mordiente a la historia, que se redondea al precio de acotar el alcance de sus intenciones.

 

Con las 70 páginas escasas que ocupan la carta de Amancio, Teresa Ruiz Rosas ha escrito un relato logradísimo, regocijante, en la mejor tradición de las moralidades novelescas anteriores al XIX. Su voluntad de escribir, pese a ello, una novela, su primera novela, da pie a debilidades comunes en estos casos, si bien no apaga la feliz impresión inicial y mantiene al agradecido lector expectante de nuevas entregas.

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Una nueva voz de la literatura hispanoamericana

Por Joaquín Marco

1995, ABC (España)

Con «El copista», la novelista peruana Teresa Ruiz Rosas (Arequipa, 1956) resultó finalista ex aequo del Xll Premio Herralde de Novela, junto a «De Madrid al cielo», de Ismael Grasa. Es ésta su primera novela, aunque con anterioridad había publicado un libro de relatos: «El desván» (Arequipa, 1989). Estudió filología en las Universidades de Arequipa, Budapest y Barcelona y en la actualidad es lectora de español en la de Friburgo. Nos hallamos ante una novela corta, aunque prolongarla, como entendió bien la autora, hubiera alterado su intensidad. E incluso, dada su estructura, bien podríamos hablar de dos cuentos largos superpuestos, de dos voces que relatan una misma historia. El escenario de «El copista» es Lima, de húmedos veranos, y sus protagonistas son Amancio Castro, un copista de partituras musicales, y la joven Marisa Mantilla, aspirante a actriz y amante del maestro Lope Burano, celebrado y maduro compositor, quien utiliza habitualmente los servicios del copista. El tratamiento de la historia no supone complicaciones técnicas. La autora se limita a contar la misma historia a dos voces, la del hombre en primer término y, a continuación, la de la mujer: dos perspectivas que iluminan con luces de distinta intensidad el simplificado escenario. El habitual recurso de los manuscritos encontrados nos sugiere, una vez más, su filiación bizantina. No son, por consiguiente, los efectos técnicos los que permiten considerar esta novela como un sólido primer paso.

La autora ha conseguido, sin embargo, encerrar en sus páginas complejos efectos psicológicos, prejuicios raciales, miedos, valoraciones musicales y determinismos nacionales bajo una intensa y doble perspectiva erótica, modulando sus oscilaciones y creando un clima enfermizo y obsesivo. Ello se consigue a través del empleo de una efectiva ironía, distinguiendo acertadamente las voces de los narradores y su diferenciada visión de los hechos. Cuando Amancio conoce a Marisa vive una auténtica conmoción. La autora ofrece, una vez más, el repertorio de los síntomas del amor que ya estableciera Ovidio y que la literatura ha ido reiterando con modulaciones. Su paródica o carnavalesca utilización nos permite acceder a una de las claves de la novela: «Terrible cosa enloquecedora, terrible, pero yo debía controlarme, Maestro. No sé si a usted le pasa lo mismo, una turbación así se me nota mucho en el rostro. Vaya uno a saber de dónde pero me sale a relucir una cara de pánfilo que delata cierta pérdida de control sobre mis movimientos. Y los párpados me temblequean sin cesar, pareciera que sufro de Parkinson, la nariz se me hincha abriéndose los huequitos como un tomacorriente, los ojos se me escapan, me pongo medio bizco y no consigo cerrar del todo la boca ni contener un hilillo de baba, que me delata ridículamente. Terrible cosa...». Pero ese humor no ha de resultar ni mucho menos inocente, como no lo es en otros narradores peruanos, como el «Pantaleón» de Vargas Llosa o los protagonistas de Bryce Echenique.

La doble perspectiva de Teresa Ruiz Rosas manifiesta la perversidad del juego erótico, del que los protagonistas acabarán siendo víctimas. Amando y su «sexo mestizo» admitirá una relación de mirón-esclavo y Marisa cae pronto víctima de su propia trampa. Acabar, como anuncia el copista, «fea y preñada», roe el extraño trío, formando pareja con su cómplice erótico en «algún barrio sepultado de Lima», enamorada del músico, de quien espera el hijo, aunque éste permanezca siempre ajeno a la situación, viviendo en las alturas de su creación musical, ignorante del odio que ha despertado en Amando al ser éste consciente de su incapacidad musical, obligado a consumirse en labores subalternas. La historia se hace más compleja al intervenir, a través de Hermesinda, la hermana melliza de Amancio, un brujo cuyo bebedizo, parodia del de la eterna juventud, ha de alterar sin remedio la exquisita belleza de Marisa: «estoy hecha un asco, repelente, como para el Tren Fantasma del Parque de Diversiones». La trama se desarrolla en una sociedad de fuertes contrastes sociales, en un Perú que se define como «una especie de paraíso del naufragio», entre los apagones de luz «que tenían angustiada media Lima». También la geografía o la geología han de mostrar sus convulsiones, como cuando viven el terremoto en una excursión a la alta sierra. Las reflexiones de Marisa en tomo al placer sitúan la novela en el ámbito de la narrativa libertina dieciochesca. La protagonista toma conciencia de los ingredientes que se combinan en su enfermiza pasión: la vanidad y la identificación del deseo con Amancio, de quien le atrae su callada adoración y su pasividad.

«El copista» resulta, por todo ello, una novela nada desdeñable, una nueva voz de la literatura hispanoamericana que convendrá seguir atentamente, una escritora que consigue evadir el tópico de una trama amorosa con decidida audacia, detentadora de un amplio vocabulario, eficaz en los diálogos. Con acertada sencillez estructural y no escaso sentido del humor ha logrado una novela dura, aunque divertida e incisiva, que permite una lectura en profundidad, más allá de su anécdota.

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La palabra del copista

Por Maria Helena Cornejo

2 de marzo, 1995 - Revista Caretas (Perú)

Con una sorprendente novelita de poco más de cien páginas, Teresa Ruiz Rosas (Arequipa, 1956) sale finalista del premio Herralde de Novela de España e ingresa con buen pie en el esquivo mundillo de la narrativa. Ciertamente no es que la escritora se haya encontrado de pronto con el éxito. El suyo es un camino trajinado poco a poco y construido con paciencia. Su primer libro de relatos El Desván (La Campana Catalina, Arequipa y Galucci, Zurich, 1990) le valió el premio de la Fundación Bouroncle Carrión, y cuando todo hacía suponer que continuaría con la narración breve, acomete con un texto de mayor aliento.

 

"Me siento más cómoda  en la novela aunque es un trabajo agobiante y tortuoso. Estoy acostumbrada a escribir de un tirón y cuando corrijo lo hago siempre desde el principio. Es algo de nunca acabar que me agota y gratifica", dice la escritora. El Copista (Anagrama, 1994) es una historia complicada, retorcida y perversa aunque narrada con gran sentido de humor. Amancio Castro es un copista de partituras musicales con escaso talento y poca ambición que pasa su vida a la sombra del maestro Lope Burano, afamado músico, engreído por la crítica y por la sociedad, y que para colmo de males tiene como amante a la bellísima Marisa Mantila. Amancio, cholo, provinciano, sumiso, "completamente  anticuado y propenso a la mudez" se enreda en la telaraña de la pasión, no de la envidia, para competir con el maestro en la posesión del oscuro objeto del deseo. Pero digno, al fin, renuncia a la actividad de copista que ejerció durante veinte años para confesar ante el Maestro su verdad, su pecado y su venganza. 

 

La música tiene un papel protagónico a lo largo de la narración. "Dios me dio tres narices pero ningún oído", dice la escritora entre risueña e irónica, para confesar luego que es una "maniática de la música clásica". No es casual entonces que los escarceos amorosos del protagonista estén descritos en pentagrama. (La veía envuelta en gamas y tules, flotando delante mío siempre a escasos centímetros de distancia: Brahms, Maestro, tan nítido, primera danza húngara en sol menor, allegro molto. La ansiaba acercándose por fin, la decimotercera danza, andantino grazioso, para desenvolverla yo con estas manos que no podían haber adquirido —así pensaba— las medidas y la consistencia y la destreza que tienen sino para el contacto con aquella piel primorosa y tersa, para tantearla, presto, tocarla, vivace, para palparla y poco a poco presionar de arriba abajo, danza con moto, recorrer de derecha a izquierda, así sonaba, molto vivace (danza cuarta), acariciar de adentro hacia afuera o viceversa.).

 

La novela está estructurada en forma de dos cartas manuscritas: la que dirige Amancio Castro a don Lope y la que escribe Marisa a su amiga Claudia. Hay una diferencia de tono, de estilo y de solidez en ambas misivas. Más lograda es la primera donde la escritora se solaza en crear situaciones deliciosas, estados de ánimo contradictorios, agudas relfexiones y anécdotas disparatadas que permiten varios niveles de lectura. En la segunda parte, la narración se apreta, se cohibe y avanza a pie forzado en un evidente afán por conciliar o rellenar las situaciones descritas previamente por Amancio. Lo que en la primera carta suena a regocijante perversión, en la segunda parece presuntuoso, lo descrito con erotismo contenido se trastoca luego en moralina y la amplia gama de sentimientos encontrados que exhibe el protagonista deja paso a un simple registro voyerista.

 

No son éstas sin embargo, debilidades que descalifiquen a El Copista. Antes bien, reafirman un talento inquieto, original e insumiso, presto a seguir dando agradables sorpresas a la literatura. Librería La Familia mediante, El Copista debe estar muy pronto en estantes nacionales.

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